Es común en el análisis argentino la explicación de los fenómenos de forma simplista. ¿Quién fue el culpable de todo lo malo que pasó en la década de los noventa? La respuesta es obvia: “Menem y Cavallo”. ¿Pero que hicieron? “Se robaron todo, son unos ladrones”, respondemos con el orgullo que otorga la seguridad de saber de lo que estamos hablando. Nuestra habilidad crítica se termina ahí, pero el efecto psicológico que proporciona esa respuesta es funcional, evita que nos veamos como tontos engañados y refuerza nuestra confianza intelectual. Es una forma de simular que somos seres lúcidos y atentos.
El historiador Alejandro Olmos Gaona descubrió en 2006, mientras buscaba el contrato en el cual se solicitó al Citibank y J. P. Morgan que organicen el canje de deuda del Plan Brady, un documento de 1400 páginas elaborado por los dos bancos estadounidenses para el entonces ministro de Economía Domingo Cavallo en donde se encontraban detalladas las políticas que seguiría el gobierno argentino a partir de 1992.
La reforma de la ley laboral, la privatización del sistema de pensiones y de empresas de servicios y suministros públicos, fueron sugerencias que estaban detalladas minuciosamente en el manual y que se siguieron al pie de la letra.
El historiador encontró también en los archivos del Ministerio de economía una carta del entonces Director Gerente del Fondo Monetario Internacional Michel Camdessus dirigida a la comunidad financiera internacional donde decía que se debía aprobar toda la política económica del gobierno porque la Argentina se había comprometido a transformar el país a través de las privatizaciones de las empresas públicas.
La realidad de nuestro pasado resulta más compleja (o más simple) de lo que creemos. Es fundamental no perder de vista el carácter global e internacional de las ideas y políticas que se aplican. Bajo este contexto, el peso de las figuras de Menem y Cavallo se desvanece ante la inmensidad de un mecanismo mundial de dominio.
Luego del anuncio de la nacionalización de Techint en Venezuela, el Grupo Clarín aprovecho la oportunidad para:
• Atacar a Hugo Chávez, el presidente de Venezuela, acusándolo de dictador.
• Unir sus intereses con los de Techint, en busca de objetivos similares.
• Criticar nuevamente el gobierno de Cristina Fernández.
"El Gobierno le cree a Chávez y dio por cerrado el incidente", tituló el diario Clarín en su portada de este jueves. El tratamiento del tema por parte del “gran diario argentino” es evidentemente preventivo y tendencioso. Si bien el gobierno argentino se encuentra lejos de lograr una nacionalización que no represente pérdidas (Aerolíneas Argentinas, los fondos de jubilaciones y pensiones de las AFJP y AySA eran empresas argentinas privatizadas, y llenas de deudas que ahora son del Estado), el multimedio teme por alguna futura privatización en el sector privado.
No descubro nada si aseguro que Clarín defiende por sobre todo sus propios intereses, pero creo que con el tratamiento de este tema sacaron su costado más derechista, y lo expusieron en primera plana. El especial emitido por TN, sobre el supuesto dictador Hugo Chávez, fue realizado en base a ofensas y descalificaciones mucho más que sobre información fundamentada y comprobada. En ningún momento se menciona que Chávez fue elegido democráticamente, a través del voto popular en las urnas. Tampoco se menciona que por la privatización de SIDOR, Techint recibió su correspondiente cuota(1970 millones de dólares). Mucho menos se hace alusión a la erradicación del analfabetismo en el pueblo venezolano. La inversión en educación en Venezuela es una verdad innegable.
Las privatizaciones en la tierra de Simón Bolívar fueron hechas sobre empresas de capitales privados. Y si bien las empresas nacionalizadas no estuvieron del todo conformes con dichas acciones, tampoco se quejaron mucho. El punto es que a pesar de pasar a manos del Estado, para muchas empresas sigue siendo conveniente tener inversiones en Venezuela. Entonces, ¿por qué Techint se junta con Clarín para pegar el grito en el cielo? Simple, porque tornando mediático el caso lograrán obtener una mejor tajada indemnizatoria por la nacionalización. Ni mucho más, ni mucho menos. Creo que Clarín se apresura demasiado en asegurar que el presidente venezolano es un dictador. Lástima que hace 33 años no tuvieron el mismo valor para afirmar las atrocidades que ocurrían en nuestro propio suelo argentino. Esas mismas atrocidades aún manchan el apellido de la señora Ernestina Herrera de Noble, quien es sospechada por haberse apropiado bebés de manera ilegal en los años de la dictadura argentina.
Los intercambios comerciales entre Venezuela y Argentina crecieron notablemente en los últimos años. Continúa siendo más que redituable invertir, desde el punto de vista empresarial, en tierra bolivariana. Es por eso que, más allá del chiste del personaje de Néstor Kirchner en Show Match, no puedo dejar de preguntarme: ¿Qué te pasa Clarín?
Fue la primera gran manifestación de masas de la segunda mitad del siglo pasado. A parte de los gremios, también decidieron unirse los estudiantes, quienes protestaban por el asesinato a sangre fría de tres de los suyos. El resultado fue una batalla campal en la que la Policía, (la Federal y la Provincial) fue desbordada. Hasta que llegó el momento del Ejército de hacerse cargo de la ciudad.
Tiempo atrás, Córdoba se había convertido en la capital industrial del interior. La mayoría de las fábricas de automotores del país estaban instaladas en el país con una industria moderna propiedad de poderosas sociedades extranjeras como Fiat y Renault. Los obreros industriales que trabajaban en esas plantas recibían salarios más altos que el salario promedio industrial percibido en otras provincias. Como resultado de todos estos factores, en la ciudad de Córdoba se profundizó el proceso de urbanización.
En mayo de 1969, el Poder Ejecutivo Nacional dictó un decreto por el cual se derogaban los regímenes especiales sobre el descanso del sábado inglés en Mendoza, San Juan, Tucumán y Córdoba. Al mismo tiempo también anunció el congelamiento de los convenios colectivos y de los salarios.
Los gremios decidieron convocar a una asamblea general. Las conducciones de SMATA, Luz y Fuerza y UTA, cuyos trabajadores recibían los salarios más altos del país, lideraron la protesta. La sesión de esa jornada terminó con un enfrentamiento con la policía y un llamado al paro general. Ante la magnitud de la movilización; Onganía ordenó que las Fuerzas Armadas se hicieran cargo de la represión. La protesta fue un hecho localizado en la ciudad de Córdoba y como resultado de los enfrentamientos hubo presos, decenas de heridos y muertos, algunos ajenos a la manifestación.
La protesta se extendió a otras provincias. Rosario fue declarada zona de emergencia y colocada bajo jurisdicción militar. También se profundizaron los conflictos en la provincia de Tucumán. El Cordobazo fue el inicio de un proceso de agudización de la protesta social y la lucha armada que, desde entonces y por varios años, se desarrolló en la sociedad argentina.
Lo novedoso del Cordobazo estuvo dado por la masividad de la participación y la generalización de los reclamos hasta constituirse en una demanda general que abarcó prácticamente a todos los sectores. Para algunos estos hechos significaban el comienzo de la revolución social que conducía al país hacia el socialismo.
Por otra parte, el Cordobazo provocó varias renuncias en el gobierno. Fueron reemplazados el general Imaz, ministro de Interior y hombre de confianza de Onganía, y el ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena. Krieger Vasena fue reemplazado por Dagnino Pastore, un técnico alejado de las expectativas de la Consejo General de Educación (CGE) y la Confederación General del Trabajo (CGT) pero que tampoco contaba con la confianza de la gran burguesía industrial. Rápidamente disminuyeron las inversiones y se aceleró la inflación.
Los sectores militares liberales comenzaron a planear el desplazamiento de Onganía del gobierno. Para la gran burguesía industrial y la mayoría de las Fuerzas Armadas, los tiempos de Onganía al frente del gobierno habían llegado a su fin.
Transmisión radial de Agustín Tosco, dirigente sindical argentino:
Por primera vez en la historia de Ecuador, un presidente fue elegido en primera vuelta. Rafael Correa ratificó su triunfo con el 51,78% de los votos. Lejos, en segundo lugar, llegó el ex presidente destituido Lucio Gutiérrez con el 28,48%. Tercero fue el magnate bananero Álvaro Noboa, con el 11,35% y en cuarto lugar, la ex asambleísta Martha Roldós, con un 4,34%.
En estas elecciones pudieron sufragar -de manera voluntaria- los jóvenes de entre 16 y 18 años, los internos en las cárceles, los miembros de la fuerza pública, los migrantes ecuatorianos y los extranjeros residentes.
Cuando se había escrutado el 89,70% de los votos, Rafael Correa obtenía el 51,78% de los votos, equivalente a 3 millones 214 mil 876 sufragios. En segundo lugar y a más de 23 puntos de distancia, se ubicó el ex presidente Lucio Gutiérrez. Pese a su inmensa fortuna, utilizada generosamente para ganar adeptos en los medios de prensa, Álvaro Noboa obtuvo el 11,35%. Y la candidata opuesta por la izquierda a Correa recibió el 4,34% de los votos.
A la amplia ventaja obtenida por Correa y el Movimiento País (Patria Altiva y Soberana), debe sumarse en el Congreso entre siete y diez asambleístas de otras diferentes expresiones de izquierda y centro izquierda, que con una postura propia contribuirían a apoyar el proyecto de transformación. Los últimos datos del Consejo Nacional Electoral indican que el Movimiento País alcanzaría además el 40% de los gobiernos locales, prefecturas y municipalidades.
Ni bien se confirmó su reelección, Correa subrayó que los cambios se profundizarán y el proceso se radicalizará. Con su quinta victoria electoral consecutiva, se reafirma el socialismo del siglo XXI y se avizoran políticas públicas que concreten el paradigma del buen vivir plasmado en la nueva Constitución, así como el impulso a la economía popular y solidaria de los pequeños actores económicos excluidos de los circuitos de la globalización, y un fuerte impulso a la integración latinoamericana, para construir la Patria Grande.
Durante los periodos presidenciales de Ronald Reagan en Estados Unidos, y Margaret Thatcher en Inglaterra, las ideas relativas al manejo económico por parte de las grandes potencias cambiaron. Un ejemplo de esta nueva conducta fue la transformación que sufrió el Fondo Monetario Internacional
En esa época, una gran cantidad de egresados de la Escuela de Chicago pasaron a formar parte del staff del organismo. La prestigiosa institución americana era conocida por su fuerte promoción de los mecanismos y criterios de libre mercado. Por ello, a los hombres de negocios les resultaban muy agradables los estudios y teorías que allí se realizaban. Un número no muy alto de empresarios se concentraron en apoyar a la universidad. Eran pocos, pero muy poderosos y ricos.
El testimonio de Davison Budhoo, economista empleado del FMI que trabajó 12 años diseñando programas de ajuste estructural, es uno de los más completos y extensos sobre los métodos que se utilizaron para condenar a economías que se resistían al capital internacional y la voluntad de los bancos (ver la carta abierta que escribió en repudio a las actividades del organismo).
El arrepentido explicó que el organismo internacional exageró cifras sobre Trinidad y Tobago con el fin de dar la apariencia de que la economía era menos estable. Según lo explica Naomi Klein en su libro La doctrina del Shock, “el organismo había aumentado (hasta más del doble) la magnitud de una estadística fundamental que medía los costes laborales en el país para que éste pareciera tener un nivel de productividad pésimo. También se inventaron de la nada unas supuestas y cuantitosas deudas pendientes del Estado Caribeño”.
El FMI estaba castigando y disciplinando para transformar la economía. Según la autora canadiense el proceso de desorientación que utilizó el organismo internacional se basa en la idea de que sólo una crisis real o percibida y el shock que genera permite realizar cambios que de otra forma no se producirían. Klein profundiza estos conceptos en su libro (avance en youtube).
La respuesta de los mercados financieros fue la esperada: se suspendieron los flujos de capitales que recibía el país. No pasó mucho tiempo hasta que se hizo necesario recurrir al FMI, que obviamente, aprovechó la situación de crisis para incluir como condición al préstamo un paquete de reforma estructural: rebajas salariales, despidos masivos y privatizaciones: todas medidas que favorecían al sector empresarial y financiero extranjero.
Lo paradójico del caso es que no quedaron rastros de las importantes declaraciones del economista Davison Budhoo. Ya nadie recuerda nada de lo sucedido. La periodista Naomi Klein formula la cuestión de manera realista: “Trinidad y Tobago es un conjunto de pequeñas islas situado frente a las costas de Venezuela, y, a menos que su población se traslade en pleno hasta la Calle 19 de Washington para asaltar las oficinas centrales del FMI, lo tiene muy difícil para capturar la atención mundial”.
Hoy no es exagerado mencionar que políticas caracterizadas por ser de izquierda no tienen rumbo. De todas formas no quedan dudas de que nos encontramos viviendo un momento bastante especial. Luego de la caída de la primera experiencia socialista del mundo, los distintos ejemplos que alentaron las luchas populares por una tierra mejor en el siglo XX han entrado en crisis.
Esto a su vez no significa que el actual “triunfo” de las empresas privadas, del imperialismo estadounidense en pos del control global, del retroceso en las conquistas sociales para las grandes mayorías de la humanidad, sean eternos o deban serlo. La lucha continúa. Las injusticias siguen, y mientras sea así, siempre habrá alguien que levante una voz de protesta. Ser de izquierda es ser parte de esa lucha, es seguir haciendo parte de los que creen y luchan por otro mundo más justo.
En la presentación del libro Ecce Comu, de Gianni Vattimo, Teresa Oñate y Zubía junto al politólogo Atilio Boron analizaron el futuro de la izquierda y América latina. El evento se realizó el pasado 9 de mayo a las 18.30hs en la Feria de Libro.
Gregorio Weinberg fue un historiador argentino dedicado a la historia cultural y sobre todo a la historia general de América Latina. Escribió varios artículos sobre el papel de la educación y la ciencia.
En uno de sus textos publicado como parte de la compilación Historia social de las ciencias en América Latina, el autor investigó el papel que ocupó la ciencia como motor del progreso para las naciones de Latinoamérica.
Weinberg concluyó que el progreso en la región tuvo una forma rara: los excedentes que generó no fueron invertidos con modernos criterios económicos ni productivos, sino que se derrocharon. El proceso se tradujo en consumo caro que generó crecientes desigualdades sociales, y en inversiones que ocasionaron una nueva redistribución espacial de la producción y el empleo (por ejemplo con los ferrocarriles). Con el tiempo, fueron incorporados nuevos valores y pautas a la vida, sin advertir que, en el fondo, los países seguían siendo tradicionales.
Según el autor, la ciencia y técnica se aplicaron para mantener todo como estaba y el progreso fue uno entre otros tantos discursos políticos. Agricultores y ganaderos se beneficiaron pero no alentaron ni gastaron en investigaciones ni estudios. Simplemente no parecían estar interesados en el tema, aunque en otros terrenos presumieron de modernos.
Ciencia y progreso Durante el periodo de las guerras de independencia surgió la necesidad de una nueva concepción de la ciencia y el progreso. La filosofía del orden fue la indicada para llevar al camino del desarrollo. En este esquema, el positivismo tuvo una influencia decisiva que se objetivó en algunos casos concretos (los técnicos denominados “científicos” en México por ejemplo).
Lo que el autor resalta es que existió un uso ideológico del saber científico para posponer las demandas sociales. Un ejemplo paradigmático es la dictadura de Porfirio Díaz, donde la aplicación de conocimiento técnico provocó la depresión de las condiciones de vida de las masas campesinas y trabajadoras, ademas de la concentración de propiedades.
En la mayoría de los países Latinoamericanos se adoptó la aplicación de la ciencia antes que la propia ciencia. El positivismo neutralizó el desarrollo del conocimiento propio. Según el autor, “se cayó en un utilitarismo miope”.
La revolución industrial coincidió con la decadencia y la fluctuación del papel de las universidades en la región. La ciencia no terminó nunca de articularse con la estructura productiva.
La aplicación de lo científico no siempre implicó desarrollo, en algunos casos sirvió para consolidar un régimen retrogrado, modernizándolo. El progreso no necesitó nada más que el beneficio de determinados sectores. No necesitó igualdad ni libertad, tampoco democracia ni educación. Tan sólo fue un conjunto de sistemas prácticos que generaron beneficio privado.